01 enero 2016

Centón del libro "La escritora y el enterrador y otros relatos"

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Un centón es una pieza literaria compuesta de frases y fragmentos, sentencias o expresiones de otras obras o autores.

El Centón puede ser en verso o en prosa y tiene dos finalidades; intentar que tenga consistencia como un nuevo poema o relato, y homenajear al autor o autores en que se basa.

Un Centón es lo que ha hecho mi querido amigo, el poeta y escritor Francisco EspadaUn armazón de relato sólidamente formado de diversos pasajes y diferentes sentidos extraídos de los catorce relatos que conforman  mi libro “La escritora y el enterrador y otros relatos”, al que ha titulado… “Con palabras ajenas".
 
 
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CON PALABRAS AJENAS: LA ESCRITORA Y EL ENTERRADOR


Era una mujer callada, tenía sueños y anhelos buscando un verbo; ternura, como todas las noches: las emociones. Sólo recordaba, mientras soñaba, un mar embravecido; oía gritos de gente, tragaba mucha agua y eso le impedía gritar. Otra vez volvió la nada, la oscuridad y el silencio, en su memoria no quedaba nada. Aprendió el oficio de crear muñecas, le apasionaba crear sus propias muñecas personificadas, dotadas de movimiento: podían caminar, danzar, hablar con voces reales y mantener una conversación coherente, muñecas expresivas que parecían tener vida propia.

Esther, jugando, se escondía en el armario: sólo había silencio, un profundo silencio. Oyó pasos; era Carmen, la hija de la panadera; empezaron a besarse con arrebatada pasión; él metió la mano en la blusa y su piel se erizaba; un calor casi ardiente le quemaba entre las piernas; sentía la necesidad de morder algo; no podía apartar su mirada. Empezó a sentir frío y a sudar al mismo tiempo… terminó emitiendo un grito que a ella le puso los pelos de punta. Se quedó perpleja, asustada y a la vez maravillada por todo lo que hasta ahora había sentido: el calor entre las piernas le abrasaba. 
Tenía mucha curiosidad por saber de su primera experiencia. Una tarde propicia para contar cerró los ojos, se adormeció y soñó: sólo pensaba en lo cansada que estaba, en lo inútil que había sido su vida. Esa mañana, todo fue diferente con la mirada fija en el horizonte; sintió un arrebato de pasión, se quitó los zapatos y se los llevó al oído; aquellas voces le hablaron de lágrimas y desdichas pasadas, de incomprensión y de tristezas vividas; se dio media vuelta y se marchó descalza, pisando con aplomo, fuerte y segura sin volver la vista atrás. 
Llegó a su casa, entró en el baño, echó las sales perfumadas, con los ojos cerrados cogió la esponja vibratoria; aquel cosquilleo empezó a recorrer su anatomía recordando caricias soñadas desde su pie hasta el centro de su sexo: un repentino estallido de calor y placer, hasta entonces desconocido.
No sabía cómo llegó a aquella casa y dio la vuelta: un corazón no muere cuando deja de latir, sino cuando los latidos ya no tienen sentido. Hoy hace tres meses que murió Susana: le hablo, le cuento; la situación entre ella y mi padre también sigue igual. Quiero seguir escribiendo, es la única forma de saber que no estoy sola. Mamá se adaptó, empezó a salir mucho de noche; a veces, venía acompañada, se quedaba a dormir… Podía oír sus risitas y los quejidos bajo las sábanas y me refugié en mi cuarto. Me sentía vigilada, me miraba y sonreía lascivamente; entró en mi habitación, se echó encima y me violentó. Dolida, maltratada y humillada, maldije la vida; hasta pensé en suicidarme: tenía 17 años y estaba embarazada. 
No recuerdo que mi madre me diera nunca un abrazo con amor, con ternura. El miedo me consumía. El abuelo llevaba enfermo varios meses; llegaba del colegio, subía a la cama y le daba un sonoro beso; había estado guardando energías y risas para su nieta. El abuelo murió aquella madrugada, le besó en la frente, recostó su cabecita sobre el pecho y lloró calladamente. Cansada de ver siempre las mismas cosas, le entró curiosidad por conocer otros lugares, olvidando por completo a los viejos amigos… 
La hierba había crecido demasiado y hacía irreconocible el camino; solo acertaba a vislumbrar un rastro de recuerdos rotos.



Notas:


Era una mujer... las emociones: Relato: La escritora y el enterrador. Págs. 13/14
Solo recordaba... no quedaba nada : Relato: Luces y sombras. Págs. 17/18
Aprendió... vida propia. Relato: La pasión de Laura. Págs. 21/22
Esther, jugando... le abrasaba. Relato: Abriendo los ojos. Págs. 31/32/33
Tenía mucha curiosidad... se adormeció y soñó. Relato: Aquella tarde en el lago. Págs. 41/42/43/
Sólo pensaba... en el horizonte. Relato: Rumbo a lo desconocido. Págs. 47/48
Sintió un arrebato... la vista atrás. Relato: Los zapatos parlantes. Págs. 51/52
Llegó a su casa... entonces desconocido. Relato: El despertar. Págs. 55/56
No sabía... el miedo me consumía. Relato: El diario de Gloria. Págs. 65/66/67/68/68/70/71/72/73
El abuelo... lloró calladamente. Relato: Tardes con el abuelo. Págs. 81/82
Cansada... de recuerdos rotos. Relato: Entre redes. Págs. 89/90


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Gracias, Paco, por regalarme este Centón, pero sobre todo, por tu amistad y tu cariño.  
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21 diciembre 2015

Nuevo comentario del libro


Ya he leído tu libro. Lo he empezado y acabado del tirón porque no lo he podido dejar. Es una coctelera de emociones. Me han gustado todas las historias, especialmente la de tardes con el abuelo porque me ha recordado a las tardes con mi abuelo, y la historia de la escritora y el enterrador me ha sorprendido y me ha encantado.

Todas las historias mueven alguna emoción por eso digo que el libro es una coctelera de emociones y te lo bebes a sorbitos sin poder dejar la copa sobre la mesa hasta que te lo terminas todo. Y luego te deja un poco embriagada como estoy yo ahora.

¡Gracias por invitarme a esta copa!

Mónica Jerez